El sonido de las olas era un bálsamo de paz y tranquilidad para ella. LLevaba mucho tiempo necesitando ese ensimismamiento de el ir y venir de las olas. Por fin había admitido que no podía con todo. Que los retos puestos por el camino eran demasiados. Había llegado muy lejos, de eso no tenía duda alguna. Pero también había llegado a la conclusión, muy parecida a la del personaje de Nati en La Colmena de que la vida no podía llenarse de filosofía del derecho y política, que hacía falta algo más. Que quería saltar por la ventana, como el protagonista de Los amantes del circulo polar, solo que no había ventana. Que echaba de menos los juegos de niños, el “Capaz o incapaz” y ver La vie en rose. Que quería cambiar, de eso no tenía duda. Terminar todo lo que había empezado; cerrar etapas; dejar por un tiempo de estar en la primera línea de todo y relajarse. Quizá dedicarse un tiempo a pasear únicamente por la playa, de ver un atardecer en la playa en la cala Joncols, aprender a patinar o a hacer surf. Conseguir tocar más de dos acordes con la guitarra, sentarse como loca a escribir y encauzar una jodida historia más larga que de costumbre…
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